Miércoles 03 de junio

Caminos de literatura: escritura creativa

Durante la primera parte de este cada vez más extenso período de aislamiento, los estudiantes de tercer año estuvieron explorando el concepto de literatura.



Además del aspecto teórico, se revisaron las opiniones y producciones de diferentes autores en distintos formatos.

Como parte de la apropiación del concepto, se propuso un trabajo de escritura creativa retomando un personaje ficcional y contando, desde su visión, otra parte de la historia. Compartimos en este espacio algunas de las producciones.


“Camino hacia mi libertad”

Por Valentina Freccero

Finalmente había llegado a Buenos Aires. Mi único objetivo allí era liberarme de aquel odioso libro, el cual había modificado mi vida completamente. Desde que lo sostuve por primera vez supe que nada sería igual, mi obsesión por él fue creciendo hasta que llegó un punto en el que me di cuenta que había perdido todo contacto con el mundo exterior. Fue entonces cuando reaccioné que necesitaba quitarlo de mi poder.

Había sido un largo y agotador viaje en barco. Cuando llegué al puerto de Argentina nadie me estaba esperando. Yo jamás había visitado ese país, tampoco tenía ningún conocido que me pudiera hospedar hasta que yo terminase mi labor. Entonces me dirigí a una oficina que brindaba información sobre hosterías y me explicaron cómo llegar a una que tenía un precio que se amoldaba a mi bolsillo. Estuve horas dando vueltas perdido por la ciudad sin hallar el hospedaje. Ya estaba atardeciendo, yo estaba exhausto y sin ánimo para seguir, pero recordé que aún tenía el libro conmigo. Sin perder más tiempo, comencé a tocar timbres en los edificios. Cuando me atendían yo les decía que vendía libros, específicamente biblias, y daba mi speech de buen vendedor convincente y persuasivo. Varias personas me compraron mercadería, pero, en ninguno veía lo necesario para ofrecer “El libro de Arena”. Seguí haciendo lo mismo como por dos horas más hasta que la noche ya rozaba mi andar. Decidí que le daría una última oportunidad a ese día para encontrar a alguien digno de portar el libro. Fue entonces cuando toque la última puerta de esa tarde-noche y me atendió un hombre de avanzada edad. Su aspecto era imponente, tenía el pelo grisáceo y por sus manos era evidente que su tiempo de trabajo duro ya había caducado, seguramente era jubilado y no debía ser de esos que salen mucho a clubes y demás. Solo esperaba que tuviera alguna colección de libros antiguos o un pequeño interés por los escritos al igual que yo, con ese requisito ya estaba satisfecho para ofrecer mi más valioso tesoro.

Entablamos una charla en donde le comenté que era un vendedor de biblias y él me dijo que poseía varias de ellas y que le interesaban los libros originales de famosos escritores antiguos. Fue entonces cuando algo en mi mente me indicó que aquel hombre era ideal para ser el siguiente poseedor del “Libro de arena”. Así que sin un minuto más que perder, le comenté que yo tenía en mi poder un valiosísimo y antiguo ejemplar único de un libro fascinante que lo dejaría atónito. Su curiosidad se despertó y yo se lo mostré. Él no entendía qué tenía de especial aquello, entonces le dije que el libro no tenía principio ni fin, que era infinito y cuyas hojas, como pudo comprobar, no estaban numeradas en el típico orden. También le comenté cómo y dónde lo había conseguido y cuánto había pagado para tenerlo en mis manos. Este hombre había caído en mi plan, pero la pregunta que salió de su boca fue, en mi opinión, para no parecer tan desesperado para conseguirlo, si yo quería ofrecer el ejemplar al Museo Británico. Rápidamente le respondí que no, que se lo estaba ofreciendo a él y fijé una suma, bastante elevada para ser sinceros, pero yo quería sacarle el mayor provecho a ese libro del mal que tanto tiempo me había quitado.

El señor no tenía el dinero de mi oferta, pero me ofreció un canje, el último cobro de su jubilación y la Biblia de Wiclif en letra gótica que había heredado de sus padres. Yo acepté el trato.

Luego de un rato más hablando, me retiré de su departamento sin nunca antes preguntarle su nombre ni tampoco decirle el mío, no quería que me buscara para obtener respuestas que yo no tenía.

Finalmente, ya podría vivir tranquilo sin necesidad de cargar con la responsabilidad de ese libro del mal. Aquel sentimiento de desesperación y confusión ya no volvería a invadir mi mente nunca más. Pobre hombre, desde ese momento en el que aceptó comprar “El libro de Arena”, su vida dio un giro de 180 grados, nada sería igual en su rutina. Yo nunca quise que alguien pasara por lo mismo que yo viví, pero dadas mis circunstancias debía aprovechar la situación. Aquel libro lo apartaría de la sociedad, él entraría en un círculo vicioso. Primero trataría de numerar las páginas, de encontrar algún patrón para guiarse a través de las hojas. Estará así por un buen tiempo hasta que acepte que esa cosa del diablo no tiene principio ni fin, ya que en mi opinión y sin una otra conclusión, “El libro de Arena “representa lo poco que somos los humanos y nuestro planeta en comparación al espacio infinito que nos rodea. Cada letra y dibujo de ese libro tiene su pequeño aporte en el contenido, pero como es interminable, al fin y al cabo, nada tiene mucho valor en su interior.




“Más oscuro que la muerte”

Por Ema Bustos Farrons

La suave brisa del atardecer acaricia mi cara, al igual que como se siente una caricia de la persona que amas. Una sensación que te hace sonreír el alma. Es una cálida tarde noche de primavera, voy caminando a lo largo de una calle hecha de adoquines donde se pueden apreciar los árboles rosados llenos de vida e ilusión. Dos cosas que yo ya no tengo.

Tengo treinta años o por lo menos tenía. Poseo un pelo rubio casi gris. Estoy vestido con un traje gris como de costumbre, en la mano llevo una maleta y dentro, el causante de mi muerte y de que esté caminando en esta precisa calle en este momento. A diferencia de los humanos tengo la cara un tanto borrada, espero que nadie se dé cuenta.

A medida que avanzo los recuerdos de los últimos momentos de mi vida me invaden la mente. Todo comenzó aquella mañana soleada en los cofines de Bikanir, estaba paseando muy tranquilamente cuando un reflejo me encandiló la vista, era el reflejo de un libro. Recuerdo la sensación de ansiedad y necesidad que sentí al posar mi mirada sobre el libro que se convertiría en mi perdición.

Hogar dulce hogar…

Luego de estar tantas horas arriba de un avión no hay nada más lindo que llegar al lugar donde uno pertenece. Procedo a abrir mi maleta para luego ducharme, pero en el momento en que la abro me invade la misma sensación de curiosidad por leer el libro, y no me pude despegar de él en toda la noche, pues se trataba de un libro sin principio ni fin, en la tapa se leía el nombre: ‘’El libro de Arena’’ lo que interpreté como que el libro era igual que la arena, infinito.

Pasaron semanas en las que mi obsesión se agravó a tal punto que decidí alejarme de toda persona que se preocupara por mí, ya que la veía como una amenaza. Llegado el momento donde me di cuenta que mi vida se estaba desvaneciendo, me decidí a deshacerme de él, pero no pude. Una fuerza superior me lo impidió. Al cabo de un tiempo caí en una severa depresión de la que jamás saldría, o por lo menos no con vida.

Sentía como si alguien hubiese agarrado mis cuerdas vocales y las hubiera hecho un nudo con toda su fuerza, tan apretado que temía que se fueran a cortar. El dolor se extendía hasta al pecho, donde me llegaba una sensación de que mil elefantes se habían posado sobre él. La única manera de calmar ese insoportable dolor era llorando. Esperando que cada sollozo ablandara un poco el nudo, esperando que hiciera desaparecer un poco el sufrimiento. Ya habían pasado dos los días que llevaba tirado en el piso, deshidratado de tanto llorar, quedándome sin lágrimas. Y el problema de quedarme sin lágrimas era que me quedaba sin esperanza de que algo pudiera mejorar. Y la mejor opción pasaba a ser detener la agonía en la que había convertido mi vida. Y por primera vez en semanas sentía cómo se me iluminaban los ojos de solo imaginarme una realidad en donde todo estuviera bien. Para llegar a esa nueva realidad, tenía que acabar con el presente, y este hacía ya mucho tiempo que no valía nada, yo no valía nada. Desde que ese maldito libro había entrado a mí, todo se había desmoronado, me alejé de las personas que más amaba, me alejé de mí mismo. Y ahora miren dónde estoy, dudo que alguien siquiera note antes de la semana de mi muerte que yo ya no vivo en este mundo.

Ya consideré todas las opciones posibles, y me decidí por cortarme ambos brazos hasta el punto de desangrarme. Ya la había hecho en otras ocasiones, y me había dado cuenta de que el dolor emocional opacaba al físico.

Llegó la hora, y a decir verdad no tenía miedo. No tenía más remedio en este mundo, cerca de este libro.

Pero no salió como lo esperaba, porque mírenme aquí con libro en mano. Al parecer yo debía deshacerme del libro con mis propias manos. Tengo que encontrar a alguien lo suficientemente fuerte para no ser absorbido por las páginas. Y entonces sucede, en el momento en que mis ojos se posan sobre esa casa, todo el camino se aclara. No hay duda de que la persona dentro es la indicada. Camino con pasos decididos hasta la puerta, y sin más la golpeo. El amable hombre me invita el paso y señala una silla donde me siento. Estoy un rato en silencio para tratar de recomponerme, tengo miedo de haber elegido a la persona equivocada y que su vida termine igual que la mía.

-Vendo biblias- digo.

El hombre responde que ya tenía varias biblias, y me cuenta cuáles. Pero yo no tengo tiempo que perder. Saco el libro de la maleta y se lo enseño, el hombre tal como yo es absorbido por la curiosidad. Me ofrece dinero y una biblia que pertenece a sus padres, lo acepto sin pensarlo porque lo único que me importa es deshacerme del libro. Hablamos durante un rato, me despido y salgo de aquella casa en la calle Belgrano. Ahora sí, sintiéndome liviano como un ángel, pues ya nada me ata a este mundo.




“El momento más esperado”

Por Victoria González Aldana

¿Quién hubiera pensado que lo que en aquel momento tanto llamó mi atención, tan loco me volvería hoy? Yo sólo era un curioso vendedor de Biblias y entre mi curiosidad y vender y comprar Biblias, que justamente es mi trabajo, cuando vi esta extraña y única pieza de escritura, este libro tan extraño e increíble no me pude resistir a dar todo lo que pudiera para tenerlo en mi poder. En ese momento creí que esa sería mi oportunidad para salir de mi miseria y hacerme rico. Creí que era la situación perfecta así que más que decidido le ofrecí todo lo que llevaba encima en ese momento al vendedor. Su aspecto me sorprendió totalmente, he de admitirlo. Se podría decir que el hombre era casi aún más extraño que el libro pero no me importó si al fin y al cabo ¿Quién soy yo para juzgar apariencias? Feliz volvía yo a mi humilde morada con mi nuevo libro sagrado. En ese momento estaba viajando por las llanuras de la India, más específicamente por las zonas limítrofes de Bikanir. Esta locación era exactamente la mitad de mi gran viaje que finalizaba en la ciudad de Buenos Aires en Argentina.

Al llegar a mi alojamiento lo primero que hice fue sentarme a investigar mi última adquisición, la sensación que tenía al tocar la portada no era normal, sentía que mis ojos se llenaban de ambición y poder. Sentía que me estaba transmitiendo cosas que nunca había sentido y que apenas puedo describir. No estoy seguro de qué pudo haber sido, tal vez las ansias por admirar el libro, mezcladas con mi anhelo por salir de mi situación y con la emoción típica de algo nuevo que formaban juntas una especie de frenesí en mi interior. Luego de observarlo por un largo tiempo por afuera y de haber analizado todo su exterior con fino detalle llegó el momento de abrirlo y ver si su contenido era tan extraordinario como yo creía que lo iba a ser.

Definitivamente no fue lo que yo esperaba… fue aún mejor. No podía creer lo que estaba viendo, raras escrituras con caligrafías nunca antes vistas por mis ojos que habían visto más de lo que puedas imaginar. Pero lo primero que sentí fue decepción ya que creí que me habían estafado. No sabía si sentir alegría por mi nuevo descubrimiento o tristeza por el engaño. Al abrir el libro la primera página estaba numerada 23 y la segunda 46 y la tercera 57. No tenía ningún sentido, pensaba que le faltaban páginas y enojado lo cerré. Me recosté en mi cama a pensar y en mi mente mi subconsciente retumbaba por todos lados en mi cabeza con dudas y dudas. ¿Si la tercera página marca el 57 por qué es tan grande el libro? ¿Cuántas páginas tendrá en total? ¿Será otra forma desconocida de numerar? Así que inmediatamente fui a recoger el libro de nuevo. Pero esta vez lo abrí y la primera página marcaba el número 289, la segunda el 63 y la tercera el 420. Estaba totalmente desconcertado. Ahora sí que nada tenía sentido. Esto era simplemente maravilloso.

Al seguir mi recorrido por todos los lugares faltantes, cada tarde en la que volvía a mis hospedajes me pasaba toda la noche contemplándolo, contemplando la hermosura y precisión de las escrituras, la prolijidad que deslumbraba y la magia de las hojas infinitas. Pero a pesar de lo precioso que era el libro me estaba haciendo muy mal. Desacomodaba mis rutinas. A veces por el cansancio de no dormir de las noches, al otro día no era capaz de salir a vender mis Biblias y eso me perjudicaba muchísimo. También había comenzado a tener la sensación de que me perseguían todo el tiempo, me escondía sin razón y escondía el libro por miedo a que me robaran mi bien más preciado. Me estaba volviendo loco por culpa del libro. Tardé varios meses en darme cuenta de esto, fue en mi último paradero antes de volver a Escandinavia. Iba caminando por la calle y las personas parecían alejarse de mí, era cómo si me tuvieran miedo y hasta me llegaran a mirar con desprecio. Me sentí aplastado y esa sensación me hizo entrar en razón. Por primera vez en mucho tiempo descansé por la noche en lugar de leer y me volví a preocupar por mi apariencia. El día siguiente le pregunté al hombre en la recepción quién era su escritor favorito de esta ciudad e inmediatamente me respondió “Borges, señor” yo le respondí agradecido y ese día no vendí ninguna Biblia, me dediqué a rastrear a este tal Borges.

Unos días después lo encontré y fui directamente a su hogar con el único objetivo de deshacerme de esta maldición en forma de libro.




“El vendedor de biblias”

Por Paloma Leyton

Yo había heredado esta extraña y tal vez adictiva forma de vida de quien en algún momento había sido mi padre. Este hombre del cual he heredado apellido y ciertos parecidos, vivía buscando y coleccionando libros que compraba a bajo precio en aldeas remotas donde lo que él ofreciera a cambio de estos, podría ser de gran ayuda para el vendedor, eran lugares de suma pobreza y gente normalmente analfabeta. En mi infancia, lo vi pocas veces, siempre estaba de viaje por el mundo buscando “tesoros” (así solía llamar a sus hallazgos). Siempre encontraba libros o escrituras extrañas y de gran valor, por lo menos para él. Mi padre y yo no teníamos una relación muy fuerte, ya que nunca lo vi lo suficiente como para decir que realmente lo conocía, pero cada vez que estábamos juntos, él me dejaba alucinado con sus innumerables historias de tierras encantadas. Era mi contador de cuentos.

Cuando yo tenía siete años, mi padre falleció en una aldea de la India en busca de lo que él suponía, era un libro maldito. Mi madre estaba devastada, yo no tanto. Transformé su muerte en otra de sus historias, en otro cuento de tierras encantadas y mares de arena.

A esa edad no terminaba de entender la muerte, pero este suceso me marcó años después cuando estaba por terminar la educación secundaria. En la escuela tenía distintas materias con distintas inclinaciones, tales como ciencias exactas, ciencias naturales, sociales. Yo sabía que nada de eso era de mi interés, y a menudo tenía sueños relacionados con la última expedición de mi padre, una expedición que lo llevó a Bikanir, este lugar que presenció sus últimos pasos, sus últimas esperanzas y, en fin, su último respiro. Lo que me sigue intrigando hasta el día de hoy es en qué habrá pensado, qué habrá pensado cuando estaba a segundos de dejarlo todo atrás. ¿A qué se había dedicado toda su vida, por qué buscaba cosas que ya estaban en algún lugar, de qué le serviría tener posesión de estas cosas? La verdad es que no lo sé, y dudo profundamente saberlo alguna vez. Pero ese libro que estaba buscando debería tener algo interesante en él.

Tras haber terminado la secundaria, sin ningún interés en concreto ni ganas de realmente estudiar una carrera, empecé a vender biblias como modo de sustento y ganancia propia para ayudar a mi madre con los gastos de la casa. Y un día lluvioso de esos que te dejan pensativo y ocurrente tomé una decisión, fue más como un impulso, y ese día me decidí a buscar esto que mi padre no había llegado a encontrar, me decidí a terminar el cuento, a terminar la expedición que mi progenitor no pudo. Costara lo que costara.

Así que partí rumbo a esta ciudad que se había robado a mi padre, pero escondía un secreto, esas tierras llenas de árboles inmensos y vacas que, por alguna extraña razón, eran sagradas. Parecía ser otro planeta, no sentía que encajara en ese lugar, sentía que todo avanzaba menos yo, todo se movía, menos yo. La gente y sus buenos modos fueron de lo mejor que encontré en ese extraño planeta que construía templos para las ratas y vestía pequeños monos haciéndolos bailar al compás de su extraña pero hipnótica música.

Tarde o temprano llegaría al lugar indicado, el lugar donde se encontraba ese libro que mi padre había estado buscando cuando todavía corría sangre por sus venas e ideas por su cabeza culta y aventurera. No podía dejar de pensar lo cerca que estaba de este objeto posiblemente maldito. ¿Qué me esperaría?

Después de una noche larga y fría en ese reino del revés, ya llegada el alba tomé el papel con las indicaciones que había encontrado en el escritorio de mi padre, ese desordenado y polvoriento escritorio que tenía más que anotaciones e ideas, y encaré hacia donde este papel amarillento y gastado me indicara. Tras una larga caminata por un sendero de tierra rojiza y chillidos de aves alertadas de mi presencia, llegué a una especie de choza hecha de barro y paja. Me acerqué hacia la entrada con el corazón palpitándome en la garganta, apoyé los nudillos sobre la madera de la puerta con cierta duda y finalmente golpeé. A los pocos segundos la puerta chilló un poco y se abrió hasta que logré distinguir la cara confundida de un joven de alrededor de 19 años. Con la voz un poco quebrada le pregunté por el libro y apenas lo mencioné él supo de qué se trataba. Le ofrecí un par de rupias y una biblia de las que vendía. El hombre era analfabeto y nunca había sabido lo que el libro que él me daría contenía. Le dije que la biblia le sería una bendición y sin pensarlo extendió sus sucias manos y en ellas, el libro. Antes de que yo pudiera agarrarlo me dijo que algo extraño se encontraba en él y que tuviera cuidado. Pensé que el pobre joven debía estar loco y acepté el libro. Apenas antes de darle las gracias me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin. De eso se trataba, era ese el misterio del libro, un libro sin fin.

Me despedí de los monos bailarines, las ratas y las vacas sagradas antes de partir. Memoricé cada suceso de ese viaje, ese viaje que quedaría por siempre en mi memoria y mi corazón.

De regreso a casa, me senté con los dedos temblorosos sobre la tapa de ese objeto y la desplegué. Su peso de por sí ya era algo exagerado para lo que se suponía que contenía. Apenas lo abrí, logré distinguir que las páginas estaban numeradas de forma muy extraña y de difícil comprensión. A los pocos minutos de hojear el libro, entendí que las páginas no se repetían, y cada vez que deslizaba mi dedo sobre una de estas, brotaban más, como si fueran flores en plena primavera. Quedé fascinado, y ahí empezó todo el problema.

Todas las noches, cuando el sol caía dejando espacio a la luna y la luz de mi velador, me sentaba a los pies de mi cama a examinar el libro, una y otra vez como si supiera que este me estaba engañando.

Tiempo después me di cuenta de que estaba enfermo y debía eliminar ese libro de mi vida para poder seguir.

Fue así como elegí a quien sería el próximo destinatario de ese demonio de papel. Un viejo empleado de una biblioteca a la que yo solía recurrir en busca de libros religiosos y biblias antiguas. Un presentimiento me indicaba que él era el correcto. Salí lo más rápido que pude hacia la biblioteca y me hice pasar por un viejo amigo de este ex empleado para descifrar su ubicación. Una señorita muy amable me la indicó y así fue como pocos minutos después, me encontraba fuera de su casa con los nudillos apoyados en la madera de la puerta con cierta duda hasta que finalmente golpeé. Apareció la cara confundida de este hombre cuyo nombre no sabía, después de una pausa le dije “Vendo biblias”.